miércoles, 16 de septiembre de 2015

Para mi sos todo

Para mi sos todo
No tengas miedo
Levantas esas barreras para que no te lastimen
Me dijo
Los mensajes y su voz
Se volvieron mas frecuentes
Su boca y sus ojos
Se hicieron visibles
Las rejas blancas de su casa
Y unos cuantos besos con gusto a porro
Un sinfín de invitaciones
a hacer todo
y a hacer nada
Muchas noches apretando sus caderas
Domingos de compras en parque centenario
El aroma a buñuelitos de la casa  de la  abuela
La casa y los hijos que nunca tuvimos
La tarde fatal
cuando decidiste dejarme
Ahora las voces se oyen lejanas
Tu cara y tu boca se hicieron difusas
El gusto a porro se volvió amargo
El parque moria
La tarde
La luna.




                         Llevo, sin haberlo planeado mucho, una vida normal. Por no decir común. Me levanto más temprano de lo que quisiera. Viajo mal y apretada, en un tren repulsivo, a un trabajo al que llegaré, inevitablemente tarde todos los días.

                        Vivo en la oficina ocho horas diarias, en las que dé a ratos amo y odio a mí trabajo. Cinco de mis almuerzos semanales, los comparto con Cande, que se sienta a dos escritorios del mío, ella se queja de la vida que lleva y yo la animo, o al revés, mientras miramos páginas de chismes en internet, blogs de viajes o recetas.

                        El tupper va y viene de mi casa a la oficina todos los días con comida apta para microondas. Es una situación por lo menos de mierda, masticar todos los días alimentos recalentados por ese microondas comunitario del sexto piso. Porque al margen de los fundamentalistas opositores de las “micro-ondas”, nutricionalmente hablando, y no es que sea experta, es malísimo para la salud y aparte sabe horrible.

                       La Sra. del microondas, es una mujer muy parecida a Mafalda pero con cincuenta años más. Bajita, con mediecitas blancas y zapatos clásicos, siempre de vestido y el pelo castaño con corte carré. Según cuentan los “Eternos del Ministerio”, la Sra. del microondas pasó por casi todas las oficinas del sexto, para ir a acabar sin una tarea definida pero con algunos expedientes sobre el escritorio, al lado del microondas.

                        Esencialmente, ella te aconseja según lo que vas a calentar, la cantidad de minutos y el “modo” en que debe funcionar el aparato, y te da charla si tenes que esperar mucho.

                        Siempre me sorprendió como puede venir, desde anda a saber donde, a perder ocho horas de su vida, todos los días, desde anda a saber cuándo, para terminar al lado del microondas vigilando menues ajenos y oliendo fideos con tuco, luego a milanesas con puré o a zapallitos rellenos, pizza, quizás pastel de papa y, aunque es una prohibición implícita, a veces algún hijo de puta la rompe y apesta a pescado. 
         
                      Ayer la Mujer del Microondas no vino a trabajar. La gente se amontonó frente a su escritorio como todos los medios días, esperando su turno para calentar sus respectivos tuppers-wares y fue el tema del almuerzo cuando a algunos, le quedaron fríos los fideos y a otros se les pasaron las tortillas.

                       Mientras esperaba mi turno para la calentar tres empanadas, observé que desde el escritorio de la mujer del microondas se ve perfectamente cuando una paloma planea hasta entrar por las ventanas que dan a la calle Paseo Colón.

                         Vale la aclaración, que en casi todos los edificios grandes como éste, a veces entran palomas. El Ministerio está geográficamente ubicado en pleno Microcentro Porteño, territorio ganado hace años por las palomas zombies, esas gigantes grises casi negras, de vuelo corto y torpe, ojos rojos y alguna mutilación.

                         Estas plagas del aire, entran por las ventanas del Ministerio, y pululan altaneramente entre los boxes comiéndose las medialunas abandonadas de algún escritorio, caminando por los pasillos reservados exclusivamente para humanos o se juntan varias y levantan su vuelo rasante en espacios confinados, creando un desparramo de plumas y hojas A4.

                          Nosotros estamos acostumbrados a que entren y ya no intentamos espantarlas, porque sabemos que tienen una organización terriblemente eficiente. Con la ventaja de tener los ojos a los lados de la cabeza tienen una visión, almost panóptica del sexto piso.

                        Intentamos mantener las ventanas cerradas, pero a veces la rutina y la luz de tubo nos asfixian y necesitamos respirar. La amnesia producida por el ahogo y el desasosiego, obligan a abrir un poco las ventanas buscando alivio del microclima creado para producir y con suerte la entrada de algún rayo de sol. Es cuando ellas, aprovechan el relajo al otro lado del vidrio, y tras una planeada triunfal aterrizan silenciosamente dentro del edificio.

                      De un tiempo a esta parte la cantidad de palomas que ingresan al sexto piso es cada vez más mayor, por diferentes e inexplicables motivos lo que antes era una paloma por la mañana y quizás dos por la tarde se duplicó. Y las cifras siguen subiendo.

                       La situación se tornó complicada cuando estas ratas aladas comenzaron a perderles el respeto a los empleados del Ministerio. Caminaban abusivamente por los escritorios y picoteaban expedientes y legajos, se metían en los tachos de basura y armarios, buscando alimento o donde anidar. Al cabo de un mes, de diarias intimidaciones, la convivencia fue insostenible.

                     Con Cande analizábamos por lo bajo, cuando y como habíamos llegado a esta situación. La plaga no tenía control, eran los dueños del lugar y solo nos quedaba rendirnos.

                    Meses después, entendimos que fue una invasión perfectamente planeada, que comenzó el día que faltó la Sra. del Microondas. Había organización en sus filas de plumas.

                    Desde ese día, unas entraban por las ventanas que dan al Patio interno y otras por las de la calle Colón, mientras sus secuaces se paraban en las ventanas de enfrente batiendo alas y distrayendo a los empleados. Nadie sabe bien cómo, pero lograron llegar a la escalera de emergencia y por ahí recorrían fácilmente todos los pisos, ya no solo el sexto, habían colonizado todo el edificio.

                    Gracias a la bien conocida capacidad de adaptación y supervivencia que tienen los empleados del Ministerio, la vida laboral se desarrollaba casi con la misma normalidad, pero con muchas más palomas. Las espantábamos con diarios enrollados y lográbamos bajarlas de los escritorios, para cumplir con nuestras labores, con la misma eficiencia y sin chistar demasiado.

                     Pero al cabo de un tiempo, apenas intentábamos espantarlas levantaban vuelo todas al mismo tiempo dibujando círculos sobre nuestras cabezas, perdiendo plumas y cagando todo a su paso descontrolado y torpe, oscureciendo nuestro cielo del sexto.

                   La Sra. del Microondas no regresó, y nadie preguntó por ella.

                  Uno de esos días, mientras calentaba mi comida apta para microondas, observé que había una paloma parada en el respaldo de la silla de la Sra. del Microondas y me miraba fijamente. Mi comida seguía girando inerte en el aparato y la paloma me miraba, me quería decir algo, la observé, me di cuenta que ella también miraba el microondas y me miraba, miraba el microondas y me miraba, hasta que miró el microondas y me dijo:
                -Se te están pasando los fideos -miré el microondas y era cierto, saque el tupper que quemada, baje la mirada avergonzada, tenía razón el ave, un poco nerviosa y sin saber muy bien porque le dije:                  
                  -Gracias –y volví rápido al box, pensando si realmente había pasado o si el breve dialogo fue producto del aburrimiento mental que a veces sufro en la oficina.

                  En el almuerzo, Cande me conto que la paloma le sugirió que deje la tarta un rato mas porque estaba fría. Y así, fue que la paloma del Microondas empezó a organizar turnos para que no se amontone gente frente al aparato, unos almorzaban 12.30 otros a las 13, y el funcionamiento por turnos del almuerzo del sexto fue todo un éxito.

                     Del mismo modo, las palomas tomaron el control de los ascensores, organizaron filas por piso logrando disminuir la espera y así casi la toda actividad cotidiana de un gran edificio como esté. El servicio de café, correspondencia y estacionamiento, fue tomado en administración por los pájaros. Coincidiendo siempre con la ausencia de las personas ocupadas de tales tareas.

                       Se comentaba que después de tantos años de vivir, vigilar y sobrevolar el Microcentro, ésta organizada comunidad plumífera, consiguió desarrollar los mejores procesos para estas tareas. Eran evidentes, las mejoras que realizaban estos servicios de optimización de recursos y gestión, que compensaban las molestias de tenerlas pululando por ahí y hasta quizás nacía un precoz sentimiento de compañerismo.

                        Claro, que nadie preguntaba por la Sra. del microondas, ni por Juan el ascensorista de Calle Alsina. Las cosas seguían funcionando, entonces nadie preguntaba. No es que los empleados seamos desalmados, sino que fuimos entrenados durante años en el arte de no preguntar, no suponer, solo adaptarnos, sin sobresalir demasiado, ni llamar la atención, siendo cordiales y haciendo bien nuestro trabajo. Nada más, ni diversión, ni interés, se trabaja y se sale lo más rápido posible de allí.

                        Mi vida laboral siguió, con casi-total normalidad, la relación con las nobles aves ya es una característica habitual del trabajo. Y la atención que antes merecían fue sin duda perdiéndola batalla con la abstracción, mas con tan eficientes “compañeros”.

                        No salió en los diarios, ni en las páginas web que miramos con Cande mientras almorzamos, que al nombrar al nuevo Ministro, bajó por el ascensor principal, seguido por su sequito de secretarios y asesores, una gran y negruzca paloma con un trajecillo gris y una extraña forma de sonrisa en el pico.
 FD