Tomando unas cervezas en el balcón a la tarde,
café con leche a la nochecita o volviendo a casa en colectivo a la madrugada, personas
cercanas me hablaban mal de gente que yo no conocía. Era un poco raro y
gracioso escucharlos, porque daba la impresión de que se estuvieran
describiendo a ellos mismos (o por lo menos a la idea que yo tengo de ellos).
Después de notar esto tuve un pensamiento que me estremeció. Yo crítico mucho a
otros, ¿qué habría en mí de todo ese conglomerado de gente que no me banco?
Odio a los pedantes, pero muchas veces, aún cuando intentase no expresarlo para
afuera, busqué sentirme mejor que los demás, casi casi como si fuera una prueba
de que existo. También odio a las estrellitas, a los acaparadores de atención,
pero porque en el fondo a mí me encantaría serlo.
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