domingo, 29 de noviembre de 2015

Tomando unas cervezas en el balcón a la tarde, café con leche a la nochecita o volviendo a casa en colectivo a la madrugada, personas cercanas me hablaban mal de gente que yo no conocía. Era un poco raro y gracioso escucharlos, porque daba la impresión de que se estuvieran describiendo a ellos mismos (o por lo menos a la idea que yo tengo de ellos). Después de notar esto tuve un pensamiento que me estremeció. Yo crítico mucho a otros, ¿qué habría en mí de todo ese conglomerado de gente que no me banco? Odio a los pedantes, pero muchas veces, aún cuando intentase no expresarlo para afuera, busqué sentirme mejor que los demás, casi casi como si fuera una prueba de que existo. También odio a las estrellitas, a los acaparadores de atención, pero porque en el fondo a mí me encantaría serlo.

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